Las empresas aprendieron a medir su huella ambiental con precisión. Toneladas de CO₂, consumo de agua, residuos generados, energía renovable. La “E” del ESG —el componente ambiental— tiene métricas, estándares y software dedicado.
Pero cuando se pasa a la “S”, la de lo social, la conversación se enfría. ¿Cómo se mide el impacto social de una empresa? Y más concretamente: ¿cómo se mide el impacto social que generan sus propios empleados? Ahí, la mayoría de las organizaciones no tiene respuesta.
Es una historia que conocemos de cerca. La trayectoria de SharyCo —parte de la cohorte 2024 de Ashoka, reconocida por Futurology y finalista en UCEMA Impacto Digital Sostenible— se construyó justamente alrededor de esta idea: que el impacto positivo de las personas se puede medir, y que medirlo cambia todo.
Por qué la “S” quedó atrás
Hay una razón práctica: lo ambiental es más fácil de cuantificar. Una tonelada de CO₂ es una tonelada de CO₂. Lo social es más difuso —bienestar, equidad, comunidad, desarrollo— y cuesta más traducirlo a números.
Pero “difícil de medir” no es lo mismo que “imposible de medir”. Y con las nuevas exigencias de reporting (la dimensión social de los estándares ESRS, los marcos como B Corp), las empresas ya no pueden tratar la “S” como un párrafo cualitativo al final del informe. Necesitan datos.
El dato que casi nadie tiene: el comportamiento positivo de los empleados
Acá está el ángulo que pocas empresas exploran. Una parte enorme del impacto social de una organización la generan sus propias personas, a través de lo que hacen:
- ¿Cuántos empleados participan activamente en programas de bienestar?
- ¿Cuántos completan formaciones de diversidad, ética o sostenibilidad?
- ¿Cuántos se suman a iniciativas de voluntariado o causas sociales?
- ¿Cuánto reconocimiento entre pares circula en la organización?
- ¿Qué porcentaje del equipo participa, y se sostiene en el tiempo?
Cada una de estas preguntas tiene una respuesta numérica posible. El problema es que los sistemas de RRHH tradicionales no la capturan, porque están diseñados para medir performance, ausentismo o rotación — no comportamiento positivo voluntario.
Cómo se mide el impacto social desde adentro
Medir la “S” a partir de los empleados requiere convertir acciones en datos. El método, en lo esencial, es el mismo que para cualquier comportamiento:
- Definí qué acciones reflejan impacto social en tu organización (participación en bienestar, voluntariado, formación en valores, reconocimiento entre pares).
- Hacé esas acciones registrables. Lo que no queda registrado, no se puede reportar. Una plataforma de engagement convierte cada acción en un dato trazable.
- Agregá y reportá. Porcentaje de participación, evolución en el tiempo, distribución por área. Eso es material directo para el reporte de sostenibilidad.
- Cerrá el círculo. Mostrá esos datos a la organización: ver el impacto colectivo motiva más participación, que a su vez genera más impacto.
El resultado es que la “S” del ESG deja de ser un relato y pasa a ser una métrica — con la ventaja extra de que el mismo sistema que la mide ayuda a mejorarla.
Del reporte a la cultura
Hay un beneficio que va más allá del cumplimiento. Cuando una empresa mide y reconoce el impacto social de su gente, le está diciendo a cada persona que lo que hace cuenta. Y eso, además de llenar una casilla del reporte ESG, fortalece la cultura: pertenencia, propósito y orgullo de pertenecer.
La “S” bien trabajada no es un costo de compliance. Es una de las palancas de engagement más potentes que tiene una organización.
Conclusión
Medir la huella de carbono ya no diferencia a nadie: es lo mínimo. La próxima frontera —y la oportunidad real— está en la “S”: demostrar, con datos, el impacto social que genera tu propia gente. Las empresas que sepan medirlo no solo van a cumplir mejor con el reporting. Van a entender, por primera vez, una de las fuentes más grandes de valor que ya tienen adentro.
¿Querés empezar a medir el impacto social de tus empleados? En SharyCo generamos esa capa de datos de comportamiento positivo. Hablemos.